Historia
Una hermana franciscana enseña a una mujer la gran biblioteca del convento. El lugar, una biblioteca franciscana, la mayor y más grande de todo Oriente.
Las grandes ventanas repartidas por toda la estancia teñían todo de un tono cobrizo, dando a las salas un cierto aspecto místico. El marmol balco se teñia de rojo, haciendo contraste con la madera de las estanterías, coloreando de rojo las filigranas doradas de los lomos de los libros.
Era una cálida tarde de verano, por la ventana corria una suave brisa que ayudaba a renovar el viciado aire que cientos de velas daban. Las señoras se encontrabam leyendo un libro juntas, la hermana ayudaba a la señorita a leer unos pasajes de un libro muy antiguo, más de lo que ambas se atrevían a pensar.
-El alma de Azathoth mora en Yog-Sothoth y El llamará a los Antiguos cuando las estrellas marquen el tiempo de Su venida; porque Yog-Sothoth es la Puerta a través de la cual Aquellos del Vacío volverán a entrar. Yog-Sothoth conoce los laberintos del tiempo, porque el tiempo es uno para El. El conoce por dónde aparecieron los Antiguos en tiempos muy remotos y por donde Ellos volverán a aparecer cuando el ciclo vuelva a empezar. Después del día viene la noche; los días del hombre pasarán, y Ellos reinarán donde Ellos reinaron una vez. Por su vileza los conoceréis y Su maldición mancillará la Tierra, leyó la hermana franciscana.
Como sin dejar tiempo a responder, y sin que nadie lo viese, un cuervo se había posado en el alfeizar cercano de una ventana. Cuando la hermana terminó de traducir el parrafo, el cuervo graznó un vez, como pidiendo atención. La mujer, una señorita alta, fibrosa, empujó al cuervo para que se fuera de la ventana, pero éste, como negativa hizo un ruido:"Azathoth".
Ambas mujeres se quedaron de piedra. Ninguna movió un músculo, no pronunciaron palabra, hasta que algo sonó en las escaleras, un ruido corto pero fuerte,como si algo se hubiese caido desde gran altura.
El curvo se metió dentro de la sala y voló en dirección a la puerta. Pero era imposible, pensó la hermana, es imposible que sepa donde está la puerta, desde aquí no se ve y es un cuervo, no podría saber donde iba.
Pero así era, el cuervo se dirigía a la puerta de cristal blindado que se encontraba oculta al fondo de la sala. No tenía tiradores en ningún lado, pues se habría empujando, pero hacía tanto años que nadie la abría que ya ni se movía.
Cuando ambas mujeres llegaban, tan solo veían la puerta desde un extremo de la sala, y solo se dieron cuenta que estaba allí porque la puerta se abrío y se cerró sola, dejando pasar al cuervo. La hermana no se lo podía creer, pero la otra mujer no dijo nada y apretó el paso.
Al llegar a la puerta vieron como el cuervo giraba a la derecha; la mujer trató de tirar de la puerta, de empujar, pero no cedía. Se giró para preguntar a la hermana, y en ese momento lo vió. Por el rabillo del ojo vió algo que se movía a sus espaldas hasta situarse casi detrás suya. Y vió a la hermana, con la cara blanca.
-Que le pasa hermana, que la pasa?
Su pregunta quedó aclarada cuando se giró hacia el cristal. Dentro de el había un hombre de piel rojiza, ojos naranjas como las brasas del fuego, ardientes. Su sonrisa, por llamarlo de alguna manera, era una mueca hostil, una amenaza con la que enseñaba una dentadura afilada como los colmillos de un tigre. Toda su boca eran colmillos de tigre.
En un segundo, la bestia cambió de objetivo y dirigió la mirada hacia la hermana. Ésta cayó sentada en el suelo, casi desmayada a la vez que la bestia levantaba el brazo para golpear el cristal. La mujer pensó con rapidez que era cristal blindado, pensado para que nadie pudiese entrar a robar y que si entraba sus armas resultasen inutiles a la hora de entrar. Pero su esperanza se esfumó cuando el brazo de la bestia golpeó el cristal.
La hoja de cristal blindado se hizo añicos, pero no estalló. Hacia el lado de la mujer y la hermana, gran cantidad de cristales salieron despedidos. No podía ser, pensaba la hermana, es imposible; pero no era un pensamiento para ella sola, su conciencia la traicionó. La mujer volvió la mirada para ver a la hermana como mascullaba algo y se encomendaba al Señor; en ese momento se oyó una risa, tan cruel que daba miedo, una risa que estallaba como el sonido de un látigo.
Cuando la mujer se volvió ya no había nadie en la puerta, ya no veía a la bestia, pero tampoco veía a la hermana por ningún lado.
Las grandes ventanas repartidas por toda la estancia teñían todo de un tono cobrizo, dando a las salas un cierto aspecto místico. El marmol balco se teñia de rojo, haciendo contraste con la madera de las estanterías, coloreando de rojo las filigranas doradas de los lomos de los libros.
Era una cálida tarde de verano, por la ventana corria una suave brisa que ayudaba a renovar el viciado aire que cientos de velas daban. Las señoras se encontrabam leyendo un libro juntas, la hermana ayudaba a la señorita a leer unos pasajes de un libro muy antiguo, más de lo que ambas se atrevían a pensar.
-El alma de Azathoth mora en Yog-Sothoth y El llamará a los Antiguos cuando las estrellas marquen el tiempo de Su venida; porque Yog-Sothoth es la Puerta a través de la cual Aquellos del Vacío volverán a entrar. Yog-Sothoth conoce los laberintos del tiempo, porque el tiempo es uno para El. El conoce por dónde aparecieron los Antiguos en tiempos muy remotos y por donde Ellos volverán a aparecer cuando el ciclo vuelva a empezar. Después del día viene la noche; los días del hombre pasarán, y Ellos reinarán donde Ellos reinaron una vez. Por su vileza los conoceréis y Su maldición mancillará la Tierra, leyó la hermana franciscana.
Como sin dejar tiempo a responder, y sin que nadie lo viese, un cuervo se había posado en el alfeizar cercano de una ventana. Cuando la hermana terminó de traducir el parrafo, el cuervo graznó un vez, como pidiendo atención. La mujer, una señorita alta, fibrosa, empujó al cuervo para que se fuera de la ventana, pero éste, como negativa hizo un ruido:"Azathoth".
Ambas mujeres se quedaron de piedra. Ninguna movió un músculo, no pronunciaron palabra, hasta que algo sonó en las escaleras, un ruido corto pero fuerte,como si algo se hubiese caido desde gran altura.
El curvo se metió dentro de la sala y voló en dirección a la puerta. Pero era imposible, pensó la hermana, es imposible que sepa donde está la puerta, desde aquí no se ve y es un cuervo, no podría saber donde iba.
Pero así era, el cuervo se dirigía a la puerta de cristal blindado que se encontraba oculta al fondo de la sala. No tenía tiradores en ningún lado, pues se habría empujando, pero hacía tanto años que nadie la abría que ya ni se movía.
Cuando ambas mujeres llegaban, tan solo veían la puerta desde un extremo de la sala, y solo se dieron cuenta que estaba allí porque la puerta se abrío y se cerró sola, dejando pasar al cuervo. La hermana no se lo podía creer, pero la otra mujer no dijo nada y apretó el paso.
Al llegar a la puerta vieron como el cuervo giraba a la derecha; la mujer trató de tirar de la puerta, de empujar, pero no cedía. Se giró para preguntar a la hermana, y en ese momento lo vió. Por el rabillo del ojo vió algo que se movía a sus espaldas hasta situarse casi detrás suya. Y vió a la hermana, con la cara blanca.
-Que le pasa hermana, que la pasa?
Su pregunta quedó aclarada cuando se giró hacia el cristal. Dentro de el había un hombre de piel rojiza, ojos naranjas como las brasas del fuego, ardientes. Su sonrisa, por llamarlo de alguna manera, era una mueca hostil, una amenaza con la que enseñaba una dentadura afilada como los colmillos de un tigre. Toda su boca eran colmillos de tigre.
En un segundo, la bestia cambió de objetivo y dirigió la mirada hacia la hermana. Ésta cayó sentada en el suelo, casi desmayada a la vez que la bestia levantaba el brazo para golpear el cristal. La mujer pensó con rapidez que era cristal blindado, pensado para que nadie pudiese entrar a robar y que si entraba sus armas resultasen inutiles a la hora de entrar. Pero su esperanza se esfumó cuando el brazo de la bestia golpeó el cristal.
La hoja de cristal blindado se hizo añicos, pero no estalló. Hacia el lado de la mujer y la hermana, gran cantidad de cristales salieron despedidos. No podía ser, pensaba la hermana, es imposible; pero no era un pensamiento para ella sola, su conciencia la traicionó. La mujer volvió la mirada para ver a la hermana como mascullaba algo y se encomendaba al Señor; en ese momento se oyó una risa, tan cruel que daba miedo, una risa que estallaba como el sonido de un látigo.
Cuando la mujer se volvió ya no había nadie en la puerta, ya no veía a la bestia, pero tampoco veía a la hermana por ningún lado.

